Estoy sentado en el balcón. Hay una brisa fresca y se respira tranquilidad. A mi alrededor el silencio es interrumpido solamente por el sonido de las hojas de los árboles. Tengo en mi mesa una hoja en blanco, un vaso lleno de Coca Cola con 43 y mi ordenador. Tenía pensado poner algo de música relajante o alguna batería de canciones que me gustasen, pero el silencio es muy goloso y me pide toda mi atención.
Veréis, me pasa siempre que tengo mucho tiempo libre, pienso demasiado y eso nunca es bueno. La luna parece que hoy está mas callada de lo normal, no quiere hablar conmigo y lo entiendo. Cada día la dejo tirada por su amigo, más grande y lleno de vida, así que ¿para qué lanzar mis preguntas al aire si nadie las va a poder (o querer) contestar?
Me pasan por la cabeza dudas como si estoy bien dónde estoy, siendo quién soy y, sobre todo, si estoy haciendo lo correcto.
No he hecho nada digno de orgullo ni de reconocimiento. Quizás es normal, pero soy una persona que necesita sentirse orgulloso de sí mismo y ahora mismo no lo estoy. No he hecho nada malo, pero tampoco nada bueno. A veces creo que estoy viviendo sólo de paso, sin hacer ruido y sin marcar o me marque ninguna relación. Tampoco me veo preparado para ser un adulto, para la independencia o la autosuficiencia.
En el centro de mi ser se encuentra la inseguridad y la desconfianza hacia mí mismo, que aparecieron de no sé donde pero que han venido para quedarse y yo se lo permito.
Ellas a su vez crean miedo, el miedo a todo y que últimamente no me abandona ni para ir a comer.
Mi voluntad, mis ganas de vivir y mi felicidad desaparecieron cuando salí por primera vez ahí fuera.
Quizás también tenga la culpa de que no me gusto, de que me miro al espejo y a mis ojos no le convencen lo que ven, quizás porque me falta constancia en todo lo que hago o porque me doy cuenta de que los demás avanzan mientras yo me encuentro estancado.
Nadie me puede pedir no decir eso o no sentirme así, porque ni si quiera yo sé porque lo hago. He esperado algún tiempo a ver si la situación cambiaba por sí sola, pero si algo he aprendido es que las cosas solo pueden cambiar cuando tú haces que cambien, y yo no sé cómo hacerlo.
¿Sabes la sensación de estar esperando un tren que te lleve a un sitio mejor, a un lugar donde tú puedas decir un día "Hoy soy feliz" y que no llegue por mucho que esperes? ¿Cómo hacer para que venga? Yo no lo sé.
Esta persona que escribe hoy no tiene ilusión por vivir, por esforzarse o por intentar, porque nunca obtuvo alguna recompensa, y eso también se aprende; tampoco tiene ganas de enamorarse ni de reír; no encuentra nada interesante allá fuera y no le entusiasma nada de lo que le puedan ofrecer. Hoy sólo pide morir y yo no se lo voy a impedir, porque la entiendo a la perfección. Así que dejaré que se vaya, que intente ser feliz allá donde la lleven sus pies y que realmente encuentre el camino, la vocación que necesita. Que viaje dónde sea, pero que donde esté se sienta realizado; que esté convencido de que lo que hace es lo que debe hacer; que no dude; que no sufra; que no tenga miedo, ni inseguridad; que sus defectos sean una parte a la que se deba amar como al resto. Pero que se de cuenta pronto, porque entonces ni yo mismo le podré convencer de no hacer alguna locura.
Él ya ha tomado una decisión. No mirará hacia atrás ni mostrará resentimiento o arrepentimiento, porque no echará nada de menos nada de lo que deje a sus espaldas. No va a volver, estoy seguro, porque morirá allá donde vaya. Volverá una persona con su mismo rostro, sus mismos defectos y su mismo nombre, pero será una persona totalmente distinta a la que un día todos conocimos.
¿Por qué lo hace? Porque ya no le ve sentido a nada, ni una solución lógica a sus problemas.
Él no tiene nada que perder, porque ya todo estaba perdido. Ahora sólo queda cambiar, ganar y, sobre todo, vivir.