jueves, 29 de marzo de 2012

Música

Cada segundo, cada minuto, cada hora y cada día.
Cada mañana, cada tarde, cada noche, en cada salida y puesta de sol.

Es una magia que no tiene explicación, pero tampoco hay que buscársela.
Deja que te traspase, que fluya por tu cara, por tus extremidades.
Siéntela, siéntete bien.
Deja que sea el motor de tus lágrimas y las puertas de tus sonrisas, que todas las emociones salten como trampas; que te transporte a lugares inolvidables en donde eres el protagonista, donde salvas vidas, o incluso donde vuelas. Flota con cada nota, canta con cada voz, ama con cada instrumento
Permite que te guíe en el amor y en la amistad, que te muestre el camino hacia la alegría; que entre en tu vida sin llamar, que te de todo pidiendo nada a cambio; deja que tu alma salga de tu cuerpo y que se introduzca en otros, que trote, que salte, que pierda los papeles.
Piérdete en su armonía como si de un frondoso bosque se tratara, pero encuentra siempre el camino con su ritmo.
Que te duela tanto como una herida o una muerte y que te produzca tanto placer como hacer el amor. Que te sirva de inspiración para tus acciones, como lo hago yo al escribir esto. Utilizala como una fuerza de voluntad, un impulso, un punto de apoyo. Consuélate en sus melodías, abrazarla como a cualquier otra persona, con virtudes y defectos. Arrepiente y pide perdón con ella.
Llévala siempre contigo de cualquier forma posible, no te sentirás solo.
Llega donde quieras, siempre gracias a ella, siempre con ella. Utilízala para apologías y también para críticas, pero nunca uses esto último con ella. Ámala como se merece, pues no se debe odiar a la música ni a los que la oyen.

Siempre ha estado ahí, desde el principio, y lo sabes pero no te has dado cuenta. Desde pequeño, cuando empezaron los cambios y sobre todo ahora que eres una persona completa. Deja que te acompañe, tan lejos como quieras o puedas llegar, nunca te defraudará, te lo aseguro.
No escuches a nadie, ni si quiera a mi, ni siquiera a ti mismo. Pon un CD, la radio o Youtube, coge una guitarra, un piano o incluso unos palos de madera, ya que ahí están tus días buenos y tus días malos, tu felicidad y tu tristeza, tu locura y tu cordura, tus seres queridos y tu personalidad.

Así es, ahí es donde estas tú.

sábado, 24 de marzo de 2012

Yo, Ello y Superyo.


No me considero normal, ni creo que esté en la media, ni que cumpla las normas de lo correcto... ni si quiera que esté en un punto entre los dos extremos de esta línea en la que todos nos encontramos. Pero, por favor, no quiero confusiones. Que me sienta distinto no quiere decir que crea que soy mejor, ni mucho menos. Es más, creo que es negativo para mi.

Muchas veces deseé ser como los demás: tener los mismos gustos, las mismas aficiones, los mismos hábitos. Siempre me he sentido un bicho raro vaya donde vaya, creo que eso ya forma parte de mí. Nunca me abandonaron los pensamientos de ser el que sobraba o estorbaba, incluso el que no se merecía nada.
Me he pasado días enteros acompañado pero sólo, feliz pero triste, vivo pero muerto.
Mi mejor consejera y amiga ha sido la Soledad. Ella me acompañaba siempre, incluso los innumerables días en los que no salía ni hablaba con nadie. Ella ha sido un pilar de lo que ahora soy.
Me aislaba del mundo ¿Por qué? No lo sé, quizás porque me sentía ahogado, porque me sentía utilizado o simplemente, porque odio al ser humano.

Siempre he tenido miedo, miedo al día a día, a los errores, a lo desconocido, a las burlas... Creo que también me tengo miedo a mí mismo, soy lo que más me asusta. Mi cerebro cumple todos los requisitos para que sea un psicópata en potencia o un enfermo mental con una camisa de fuerza. No siento compasión por casi nada en esta vida y creo que la mejor forma de solucionar los problemas es cortando la raíz (o en este caso la cabeza) de los causantes de todo lo malo que pasa hoy en día. No tengo remordimientos prácticamente nunca, no de tipo vital.
¿La vida te parece bella? Yo no sabría qué responder, creo que a mi me ha tratado como un hijo bastardo, como la oveja negra de la familia. No sé si me gusta vivir o no, lo que si sé es que muchas veces me gustaría haber apretado el gatillo, lanzarme al vacío o no emerger del agua para tomar aire. Sí, no te asombres de lo que mi negro y empedrado corazón deja salir. La vida sólo me servía para pasarlo mal, para aburrirme y para odiarme cada día más. Es difícil de explicar, pero cuando no sabes o tienes a qué agarrarte, es difícil ver la utilidad de la vida. Por eso, espero que nunca lo entiendas como lo llegué a hacer yo, porque puede que si llegas al punto donde algunos hemos estado, temo que te cueste la vida.
Creo que en esta vida hay que ser frío y no mostrar debilidad por nada ni nadie. Esconde tus puntos débiles porque siempre alguien se aprovechará de eso e intentará hacerte sufrir utilizando aquello que más adores. Ya sabes, el ser humano es malo por naturaleza.
Es por esto que prefiero la soledad y la frialdad, para no dañarme ni dañar a nadie.
A veces viajo a través de mi imaginación, que me gusta más que el mundo real, y puedo estar en mi mundo durante horas, mirando a la pared o al cielo y estar a la vez viviendo mi propia fantasía, como si se tratara de un estado de 'coma', sonriendo o llorando, lo vivo como si fuera real y eso es lo que lo hace especial.
Muchos días me encuentro triste, hundido sin un por qué. Lloro cuando estoy solo sin saber el motivo. Quizá porque sé que mi vida, mis sentimientos, mi felicidad... quizá porque todo es una mentira. Miento más que hablo, pero no para hacer daño, sino todo lo contrario. Dicen que mentir está mal pero ,en mi caso, lo hago por necesidad. No quiero que sepan quien soy ni lo que soy.



No me gusto, ni me gusta mi pasado, pero hay algo que si que me gusta: Mi presente.
No sé como, pero he cambiado mi forma de ver la vida. Llevo una sonrisa por bandera. No me importa lo que la gente haga o diga y menos si es sobre mí. Voy como quiero y donde quiero, sin importarme nada. Sigo teniendo miedo a muchas cosas, pero creo que he superado los peores. Si la vida me importa es algo que dejo que conteste el tiempo por mí, sólo sé que quiero ayudar a las personas a que sepan valorar su vida, lo que tienen y lo que son, y que no pasen por lo que yo. Cuando lloro no me echo la culpa, me comprendo y me apoyo. Soy mi mejor amigo. He aprendido a querer a la soledad como ella me ha querido a mí, por eso no me asusta. No dependo de los demás, sólo de mí y de mi motivación. Creo que soy mejor de lo que era antes y que no puedo estar más por encima de lo que estoy ahora. No sé si este es mi límite, pero estoy feliz por llegar donde he llegado y ser como creo que soy. Tengo muchos defectos, quizás demasiados, pero estoy satisfecho con ellos, porque si no los tuviera ni los podría mejorar, ni no sería yo.
He aprendido que hay gente que no se merece vivir donde los demás vivimos, pero también me he dado cuenta que hay otros que se merecen dar tu propia vida por ellos.
Ahora quiero más, quiero evolucionar, abarcarlo todo, quiero comerme el mundo. ¿Por que ahora? Bueno, supongo que no tuve adolescencia así que ese sentimiento de invencibilidad me ha llegado con retraso, pero estoy tranquilo, me esforzaré y trabajaré para olvidar todo lo malo y ser cada vez mejor, conmigo mismo y con los demás.

¿Crees que he sido exagerado? Quizás, pero no olvides que estás hablando con un demente.

sábado, 10 de marzo de 2012

Promesas

Llegué al hospital corriendo, sin aire, sin fuerzas y creo que hasta sin vida.
Pregunté en que habitación te encontrabas sin apenas voz. Tenía la sensación de que solamente emitía sonidos sin sentido. A pesar de esto, me entendieron y me indicaron que estabas en la planta 14.
¿Curioso verdad? Nos conocimos el día 14 de Septiembre justo hace 14 años, pero en ese momento no me paré a pensarlo, no tenía ni tiempo ni ganas.
Llamé al ascensor con los ojos empapados en lágrimas que no querían caer al suelo resbalándose por mi cara, preferían quedarse conmigo un poco más, haciéndome compañía.
  • Señor, ¿está usted bien? - Me preguntó una mujer que apareció al abrirse la puerta del ascensor.
  • No señora, creo que me muero. - Contesté metiéndome rápidamente en el ascensor
Sin más palabras, el ascensor se cerró conmigo dentro y sin nadie más.
Ni siquiera veía los números del panel, así que respiré hondo, me sequé los ojos como buenamente pude y seleccioné el botón 14. Fue ahí cuando caí en el número y me derrumbé. Me senté (por no decir me tiré) en el suelo con las manos en la cara, tapando mis lágrimas. No pude hacer lo mismo con mis llantos, que seguramente se oirían desde más allá de aquella sólida estructura.
Tenía ganas de gritar, de desahogarme golpeando alguna pared. Pero no lo hice, el miedo y la tristeza me lo impedían como si se trataran de dos matones cogiéndome cada uno de un brazo.
Además de está frustración, tenía la sensación de que llevaba en aquel maldito ascensor horas, quizá días.

Por fin, después de aquella amarga espera la puerta se abrió pero yo estaba totalmente desorientado. No sabía donde estaba, ni donde ir, ni tampoco quién o qué era exactamente yo.
Cuando recobré el poco sentido que me caracteriza, salí del ascensor, no sin problemas a la hora de hacerlo. Me temblaban las piernas como si estuviera caminando hacia la misma muerte, aunque también lo hacía el resto de mi cuerpo. Tenía frío, demasiado frío. Camine por el pasillo como si se tratara de un pasadizo escondido en la parte más interior de un bosque, sin más destino que el presente y que sólo lo controlas tú.

Por fin llegue al cuarto donde te encontrabas. Me detení en la puerta y, sin hacer ruido, miré hacia dentro para ver lo que me esperaba. Era un cuarto enorme en el que sólo te encontrabas tú, tumbada y con los ojos cerrados. Tenías esa sonrisa en la cara, tu sonrisa de siempre, esa que me contagiaba día tras día, esa que hizo que me enamorara de ti.
Entre con paso ligero y me puse a tu lado para verte mejor. No tenías buena cara pero seguías igual de preciosa que siempre. Te cogí la mano con mucho cuidado como a ti te gustaba que te la cogiera: entrecruzando los dedos.
Abriste muy lentamente los ojos, ampliaste tu sonrisa y dijiste susurrando mi nombre pero yo lo oí perfectamente.
  • ¡shh! Calla, no digas nada, sólo descansa. - Dije con las lágrimas ya cayendo por mi cara.
  • Escuchame, necesito hablar contigo... - Dijo ella con más fuerza en la voz
  • Ya tendremos tiempo para hablar, tenemos todo el tiempo del mundo – Repliqué yo con una sonrisa nerviosa.
  • No... Los dos sabemos... que ya no hay tiempo... ya no.
Me quedé sin contestar, no quería que mi grave voz se antepusiera a la suya, siempre tan aguda, tan melódica y tan mágica.
Después de unos segundos de silencio en la habitación, continuó diciendo:
  • Siento haberte hecho daño muchas veces, tantas que ya no las recuerdo. Siento ser como soy. Siento no haberte dado todo lo que te mereces. No estar ahí cuando más lo necesitabas... Siento que hayas tenido que aguantarme tanto tiempo.
  • ¡Pero...!
  • Espera, por favor. Siento no haber sido la mujer perfecta para el hombre perfecto. Ahora tienes que seguir tu camino pero debes hacerlo tú solo.
  • Prométeme que cuidarás de nuestra hija como me cuidaste a mí. Prometeme que no cambiarás nunca, que no llorarás por mí y que me perdonarás por todo lo que he hecho mal.
  • ¡Pero...!
  • Por favor, sólo di sí o no...
  • Prométemelo.
  • Te lo prometo.
  • (Sonreíste como nunca antes lo habías hecho delante de mí.) Bien, ahora sí puedo irme en paz.
  • ¡Quédate! ¡Quédate, por favor! ¡Yo sin ti no soy nada, no tengo qué hacer ni donde ir! Si tú te vas yo me voy contigo!
  • Jeje, tranquilo, como tu has dicho, tenemos todo el tiempo del mundo. Y tú te tienes que quedar, recuerda que me has hecho una promesa.
  • Pero si te vas no habrá tiempo, ¡no existirá!
Entonces miró hacia el techo con los ojos bañados en lágrimas, tantas que no se le veía el color azul de estos. Me cogió muy fuerte la mano, como si nunca me la quisiera soltar, y me dijo con una valentía y con un esfuerzo sobrehumano apretando los labios:
  • Le pediré a Dios que os guarde a ti y a la pequeña un sitio al lado del mio allí, en lo más alto del cielo... ¡Esa será mi promesa!
Rompí a llorar, tan fuerte que las personas del pasillo se asomaron a la habitación. Era tanto el revuelo externo e interno que no me di cuenta de que tu boca y tus ojos se cerraron, de que te notaba más fría y de que tu mano ya no apretaba a la mía.
Te fuiste sin que te pudiera decir todo lo que te quería, todo lo que eras para mí, todo lo que me hiciste sentir... y así podría seguir hasta reencontrarme contigo.
  • Me quedaré aquí como querías – dije gritando con dolor, tristeza y llanto – pero espero que tú también cumplas tu promesa.