Como
muchas noches, he soñado con algo que ha hecho que mis ojos empapen
la almohada; ha conseguido que despertar sea querer morir, no vivir.
Pero esta vez había algo diferente... algo de verdad.
Así sucedió,
así lo soñé y, por supuesto, así lo relato:
Me desperté
cansado, mi cuerpo pesaba más de lo habitual. Estaba tumbado en una
cama de matrimonio un tanto descuidada, porque incluso la parte en la
que no estaba durmiendo se encontraba revuelta, sin hacer; se podría
decir que estaba peor que la mía. Me incorporé como pude y me
sorprendí al ver mis pies; no eran los míos. Me levanté de un
salto y la espalda rugió como si en una selva llena de bestias me
hallara. Me quedé unos segundos inmóvil, no podía moverme. Tenía
la sensación de que me iba a partir por la mitad.
Cuando el dolor
menguó un poco, corrí hasta el baño todo lo rápido que
mi desgastado cuerpo me permitió.
No sabía lo que
ocurría hasta que el espejo me dio la respuesta: Ese no era yo.
En él se
reflejaba a un hombre mayor, muy mayor, de unos cincuenta años.
Tenía algunas arrugas apenas apreciables en los ojos y en la frente.
Casi no tenía pelo en la parte superior de la cabeza, y el que le
quedaba en las otras zonas tenía un color grisáceo un poco triste.
Era extraño, porque esos ojos y ese circulito pequeño en la parte
derecha de la frente sí que eran míos, estaba seguro de ello; era
lo único que pude reconocer de mi desconocido rostro.
En la repisa, al
lado del lavabo, había un montón de botecitos de pastillas que no
si quiera me molesté en leer, ya sabía lo que estaba pasando. De
alguna manera tenía treinta años más de los que debería, como si
hubiera viajado al futuro.
Estaba mirando
mis finas, arrugadas y extrañas manos cuando, sin avisar, entró por
la puerta del baño... ¡Ella!.
- No puede ser.-
pensé - Esto debe ser un sueño.
Me pellizque en
la cara y me dolió, cosa que no suele suceder si no fuera real.
Estaba cambiada.
Tenía también algunas arrugas en la cara y su pelo era corto y
negro, no largo y castaño como cuando nos conocimos. Pero sólo hay
un rostro en esta vida del que me haya enamorado perdidamente, y era
ese, no había duda.
No podía dejar
de mirarla, preguntándome qué había pasado y qué hacía en esa
casa conmigo. No tenía sentido, no la veía desde que era un
adolescente, perdí el contacto con ella y de repente allí estaba,
buscando no se qué en el armario. No podía hablarle y mucho
menos preguntarle qué estaba pasando.
De repente me
miró, sonrió y me dijo:
- ¿Tú tampoco
has dormido bien? Tienes mala cara, necesitas tu típica dosis de
pastillas, abuelo.
- Yo... -
susurré.
-¡Ya, ya! no
hace falta que me lo repitas siempre. Sé que no te gusta que te diga
abuelo, y menos yo con mis muchos años también. - expresó con una
sonrisa sincera pero infantil.- Bueno... entonces, ¿Dónde decías
que me ibas a llevar hoy? ...Deja que haga memoria... ¡Ah, sí! Hoy
toca comida romántica, ¿verdad?
No,
definitivamente ese no era yo, y mucho menos esa era mi vida.
Conseguí
olvidarla, pasar página, ser feliz... ¿Por qué? ¿Por qué ahora?
¿Qué es todo esto? Decidí seguir el juego, no tenía nada que
perder, sólo podía ganar.
- Por supuesto,
mejor comer fuera que envenenarnos el uno al otro cocinando en casa.
- dije en tono bromista.
- Que
gracioso... Eso lo dices porque tú cocinas peor que yo. - Replicó
sacando la lengua.
Salió de allí
y se fue a otra parte de la casa, así que aproveché para ponerme un
traje negro que estaba puesto sobre una silla. Me quedaba
fenomenal, como si fuese mi conjunto perfecto.
Cuando estaba
colocándome la chaqueta, me llamó la atención un cuadro muy
decorado que había al lado de la puerta y en el que salíamos los
dos, cuando éramos jóvenes, abrazándonos y riendo. Tenía unas
palabras escritas en la esquina inferior derecha. Cuando intenté
leerlo, ella entró por la puerta sin que me diera cuenta, me abrazó
por detrás y me susurró al oído:
-Nunca estamos
seguros de lo que es el amor, pero siempre lo esperamos con los
brazos abiertos- repitió literalmente la frase del cuadro.
-¿Lo nuestro es
es amor? - Pregunté en un tono de falsa ignorancia.
-Mis brazos no
están abiertos, te están rodeando. - Sentenció con una voz
angelical que hizo que mis ojos se empañaran un poco de la emoción.
Dejó de
abrazarme y me di la vuelta para mirarla. ¡Estaba preciosa! Se había
puesto un vestido verde que me hacía recordar aquella juventud con
la que yo aún no me había podido deleitar. Llevaba un collar, muy
llamativo y bonito a la vez, que tenía su fin en una piedra turquesa
que reposaba unos centímetros más abajo de su cuello. Su sonrisa y
sus ojos eran el complemento ideal para tenerme enganchado,
observando constantemente su cara, como si se tratara de un vicio del
que no podría vivir si me privaran de él.
Sin duda, me
podría enamorar una y otra vez de ella de mil formas y maneras
distintas durante el resto de mis días.
Lo posterior a
esa escena del sueño no viene de forma muy clara a mi mente. Sólo
recuerdo que estábamos en una pequeña mesa redonda muy bien
preparada y que ella no paraba de reír, tapándose la boca para no
soltar ninguna carcajada más fuerte de lo normal, evitando que la
tomaran por una loca, y a la vez intentando que sus lágrimas no
cayeran por su rostro. Cuando paró de reír, sacó a relucir su
sonrisa, se quitó su destacado collar, puso su cara a 10 centímetros
de la mía y, cogiendo mi mano, me dijo: "Tienes que marcharte
ya. Toma esto, sabrás lo que tienes que hacer, pero te daré una
pista: dieciocho de Julio. Ha llegado la hora de despedirnos, pero
recuerda que esto no es un adiós, sino un hasta luego"
En ese momento
abrí los ojos, que estaban empapados de lágrimas y noté que mi
corazón iba a "cien por hora". Me levanté corriendo en
dirección al espejo y me percaté de que había vuelto a la
normalidad, volvía a ser joven. Todo era igual y estaba tal y como
lo dejé... pero yo no me sentía contento. Quería volver; volver
para quedarme. Noté que en mi mano izquierda había algo que la
rodeaba: ¡Era su collar! No sabía cómo diablos había llegado
allí, pero era real. Aunque sólo fuera un simple objeto, del que yo
nunca me podría enamorar, era de la persona a la que yo quería, así
que lo traté como si de mi corazón ,cristalizado y herido, se
tratara.
Acabé asumiendo
mi nueva condición y esperando a que todo aquello llegase. En mi
cabeza sólo se repetía una frase, no sé si de lamento o de
esperanza, pero sí que era totalmente cierta:
"Quizás
ese sea mi futuro, pero en este momento es sólo una parte de mi
pasado."