Sólo Dios, si realmente se ha preocupado de seguir mi vida, sabe cuantas veces han sido las que he deseado que mis pies se elevaran sobre la tierra que pisaba; que mis brazos se convirtieran en alas y poder volar; poder escapar, hasta solamente ser un punto en el cielo.
Necesitaba alejarme, dejar atrás mi pasado y mi propio recuerdo. Quería que todos me olvidaran y que ese vacío, si es que se creaba, fuera ocupado por algo totalmente diferente a lo que era.
Los tiempos no han cambiado, y tampoco las personas... Pero yo sí. Y se nota.
No dejo de pensar en que es un cambio a peor, que me desgasta por dentro, y que sirve únicamente para ser fuerte al miedo.
Ya no oigo las voces de los niños en mi cabeza. Han salido y han ocupado a otras mentes, a otras personas que quizás no las merezcan. Personas que siempre están en lo cierto y que les espera un destino mucho mejor que a ti y a mí.
Estaba hasta hace poco tomando nota de todo lo que necesitaba para llegar allí arriba, donde siempre he querido llegar. Pero pasó algo. En el momento que mi plan estaba trazado a la perfección, me di cuenta. Me percaté de que allá donde quería llegar siempre fue mi punto de origen, y que no veía las estrellas porque ya estaba sobre una.
Siempre he estado lejos del suelo, ese suelo que me hizo tanto daño, pero que nunca supe pisar.
Quizás, y sólo quizás, todos los colores se tornan gris por no saber caminar en sufrimiento.
Y ahora me doy cuenta de lo que quiero de verdad. No es alejarme de la superficie y llegar allá arriba donde me encuentro ahora. Lo que realmente quiero es caer sobre ella y pisarla tan fuerte que las personas que estén alrededor salgan impulsadas hasta el lugar de donde vengo y puedan ahora disfrutar de lo que allí les espera.
Y todo acabaría como empezó, con la ausencia de lo que nunca conseguí tener, como el sentido de la compañía, y volviendo a escuchar la voces de los niños, que nunca fueron voces, sino llantos.