martes, 5 de noviembre de 2013

Cambios incomprensibles.

Sólo Dios, si realmente se ha preocupado de seguir mi vida, sabe cuantas veces han sido las que he deseado que mis pies se elevaran sobre la tierra que pisaba; que mis brazos se convirtieran en alas y poder volar; poder escapar, hasta solamente ser un punto en el cielo.
Necesitaba alejarme, dejar atrás mi pasado y mi propio recuerdo. Quería que todos me olvidaran y que ese vacío, si es que se creaba, fuera ocupado por algo totalmente diferente a lo que era.

Los tiempos no han cambiado, y tampoco las personas... Pero yo sí. Y se nota.
No dejo de pensar en que es un cambio a peor, que me desgasta por dentro, y que sirve únicamente para ser fuerte al miedo.
Ya no oigo las voces de los niños en mi cabeza. Han salido y han ocupado a otras mentes, a otras personas que quizás no las merezcan. Personas que siempre están en lo cierto y que les espera un destino mucho mejor que a ti y a mí.

Estaba hasta hace poco tomando nota de todo lo que necesitaba para llegar allí arriba, donde siempre he querido llegar. Pero pasó algo. En el momento que mi plan estaba trazado a la perfección, me di cuenta. Me percaté de que allá donde quería llegar siempre fue mi punto de origen, y que no veía las estrellas porque ya estaba sobre una.
Siempre he estado lejos del suelo, ese suelo que me hizo tanto daño, pero que nunca supe pisar.

Quizás, y sólo quizás, todos los colores se tornan gris por no saber caminar en sufrimiento.
Y ahora me doy cuenta de lo que quiero de verdad. No es alejarme de la superficie y llegar allá arriba donde me encuentro ahora. Lo que realmente quiero es caer sobre ella y pisarla tan fuerte que las personas que estén alrededor salgan impulsadas hasta el lugar de donde vengo y puedan ahora disfrutar de lo que allí les espera.

Y todo acabaría como empezó, con la ausencia de lo que nunca conseguí tener, como el sentido de la compañía, y volviendo a escuchar la voces de los niños, que nunca fueron voces, sino llantos.

sábado, 4 de mayo de 2013

Mi vaso.

No es cuestión de generalizar. Tampoco se trata de un tema de optimismo o pesimismo. Es más bien una reflexión que cada uno se debe de hacer en el momento y en el lugar adecuado para no caer en la trampa del encasillamiento o etiquetado (ese que tantos problemas acarrea).
Si para diferenciarnos debemos fijarnos en cómo percibimos el vaso, si medio lleno o medio vacío, también podríamos explicar la física nuclear solamente con sumas y restas o escuchar siempre la misma canción, olvidando e ignorando siempre todas las demás.
Porque esto viene a raíz de la catástrofe que representa el desorden, la individualidad y la especialidad. Me encuentro en un grupo que no me representa o en el que no quiero estar por una simple percepción que se expande como el humo y hace que los demás te vean como lo que no eres, uno más.
Si un recipiente cilíndrico de cristal representa lo que soy y la forma de describirlo es lo que los demás creen que soy, no quiero participar en ese juego filosófico que no genera soluciones, sino problemas. Se basa en la comparación, en cómo lo ves tú y cómo lo veo yo, y a partir de ahí comprobar quién es más feliz y quién más desgraciado. Como si convencieran a alguien de que el destino dependiera de su experiencia previa; como si creyeran que hay una respuesta buena y otra mala.
¿De verdad nuestras elecciones diarias dependen de una respuesta u otra? Yo no lo veo así. ¿Qué diferencia hay entre los que contestan mirando hacia arriba y los que lo hacen mirando hacia abajo? La razón es la sensación más que la percepción. No se trata de algo objetivo, que haga que se cumpla en todos de la misma forma. Tiene más relación con nuestro pasado, con nuestro estado presente en la elección, con nuestra personalidad y nuestras expectativas. Nadie lo verá igual en dos momentos aleatorios de su vida, y en eso me baso para estar seguro de lo que escribo.
Que los que lo sienten medio lleno se levantarán por la mañana con una sonrisa en la cara, la suerte les acompañará, los esfuerzos les serán recompensados y los resultados serán aptos para el orgullo propio y así seguir esculpiendo un ideal propio de perfección. En cambio, los que no tienen la fortuna de sentirlo así, querrán que la tierra los trague antes de que el primer rayo de sol roce su ventana, atraerán los problemas como si fueran imanes para ellos, nada les saldrá como lo habían planeado y estarán deseando que acabe la jornada para poder llorar tranquilamente sobre su almohada.
¿Y eso es justo? ¿Una respuesta tan sencilla engloba algo tan complejo?
En mi caso, y seguro que en el de muchos, no me gusta que me coloquen en esos grupos sin sentido. ¿Cuál es el límite para que te describan como optimista o pesimista?
Porque seguro que las respuestas podrían ser tan variadas como personas y clases hay. Unos contarán que el vaso está vacío o lleno del todo. Otros asumirán que no es agua lo que hay en el vaso. Algunos contestarán que sienten el vaso del revés. Y, por ejemplo, personas como yo te dirán simplemente que ni si quiera hay vaso, que nadie, incluidos ellos mismos, se atrevió a colocarlo y a comprobar cuánto podría ocupar en su interior, bien porque no se le dio la oportunidad de hacerlo; bien por miedo a que se le echaran en cara decisiones y comportamientos que vienen con el paquete completo al hacer la elección
¿Y ahora? ¿Nosotros somos los malos o los buenos? ¿El problema o la solución?
Tonterías. Esas preguntas las contestan las personas, empezando por uno mismo, y no un puto vaso que ni si quiera sirve para beber, sino para juzgar.

domingo, 28 de abril de 2013

Podría...

Podría hablar de las desgracias ajenas o propias, que no son pocas, para darle un uso a esta página en blanco. Lo que conseguiría sería hacer más hondo el agujero; otorgarle otro giro a esta espiral que nunca cesará. Haría que pensarais sobre esto y os preocuparais un poco más por los que andan por la calle en vuestro sentido o en el contrario. Pero no puedo.
Intentaría en este espacio vacío explicaros lo que es la vida para mí. Lo que viene y va: lo que se mueve y lo que pretende ser estático, todo lo que me hace feliz y me llena de energía y lo que me da miedo y atrae a la percepción de mis propios defectos. Valoraríais más lo que sentís cuando os levantáis cada mañana y sobre todo me valoraríais a mí al haceros verlo. Pero no lo voy a intentar.
Os contaría todas las decepciones y alegrías que he tenido en estos 20 años. Todo lo que he conseguido por mí mismo y lo que hago para intentar ser mejor segundo a segundo. Las lágrimas y sonrisas que mi cara ha esculpido durante tanto tiempo y que tienen un misterio que sólo su autor conoce. Pero no lo contaré.
Confesaría quienes son los pilares en mi vida. Quién ronda mi cabeza las 24 horas, quién debería haber salido de ella y, sobre todo, quién no debería haber entrado. Los buenos momentos con mis seres queridos y mis amigos, los paseos, las charlas, las bromas... También podría hacerlo con las personas que resultaron ser ranas en lugar de príncipes o princesas y que me hicieron ver la vida por el lado que no se debe mirar, que obligaron a encerrar al verdadero Sergio entre paredes de miedo e inseguridad. Pero no lo voy a confesar.
Describiría mis pensamientos, tanto buenos como malos. Intentaría poneros en mi lugar y que supieráis exactamente lo que pienso cuando leo, cuando voy conduciendo o simplemente cuando miro a un punto en el cielo. Os sorprendería con mis torrente de ideas, con mi filosofía y mi psicología. Pero no lo voy a describir.
Relataría mi pasado y lo que espero del futuro. Mis ambiciones y mis deseos quedarían aquí plasmados así como mis bases y mi cultura. Os transportaría a mi vida ideal en la que yo sería por fin el protagonista de esta mísera obra que un pobre poeta loco algún día escribió. Pero no voy a relatar nada.
No haré nada de esto, porque, al fin y al cabo, esto no sería más que una historia de las muchas que ya se han escrito. Sería un página que caería al olvido en cuanto cerrarais la pestaña, ignorando toda la carga emocional y sentimental que mis palabras podrían contener. Porque podría abrir mi corazón en esta historia y ninguno de vosotros la vería especial. Porque... con tanta palabra, ya se ha acabado el espacio disponible para poder hacerlo.

jueves, 14 de febrero de 2013

Mirando a las estrellas

Interesados por él, le preguntaron por qué se dedicaba a pasar las horas mirando al cielo. El chico sonrió y dijo:
- Los que ya no están siempre sonríen, lo veo desde aquí. Cada estrella es una gran carcajada. ¿Veis las que están más juntas? Se están contando lo bueno de su vida, porque todas las vidas tienen algo bueno.
Los demás no lo entendían. Miraban extrañados al cielo, pero no conseguían ver nada. El chico dejó de mirar al cielo y se fijó en lo que estaban haciendo. Su risa llegó hasta los rincones más oscuros del descampado.
- ¿Por qué te ríes? -Preguntaron enfadados los demás.
- Lo estáis haciendo mal - apuntó el chico - Estáis mirando con la vista, no con el corazón.
Todo el grupo empezó a sonreír a pesar de no poder ver otra cosa que no fueran simples puntos de luz. Entonces el chico volvió a mirar al cielo y dijo:
- ¿Lo veis? Nosotros también seremos una gran constelación porque, al fin y al cabo, lo único que nos llevamos de esta vida son las sonrisas de los demás.