Pregunté en que
habitación te encontrabas sin apenas voz. Tenía la sensación de
que solamente emitía sonidos sin sentido. A pesar de esto, me
entendieron y me indicaron que estabas en la planta 14.
¿Curioso verdad? Nos
conocimos el día 14 de Septiembre justo hace 14 años, pero en ese
momento no me paré a pensarlo, no tenía ni tiempo ni ganas.
Llamé al ascensor con los
ojos empapados en lágrimas que no querían caer al suelo
resbalándose por mi cara, preferían quedarse conmigo un poco más,
haciéndome compañía.
- Señor, ¿está usted bien? - Me preguntó una mujer que apareció al abrirse la puerta del ascensor.
- No señora, creo que me muero. - Contesté metiéndome rápidamente en el ascensor
Sin más palabras, el
ascensor se cerró conmigo dentro y sin nadie más.
Ni siquiera veía los
números del panel, así que respiré hondo, me sequé los ojos como
buenamente pude y seleccioné el botón 14. Fue ahí cuando caí en
el número y me derrumbé. Me senté (por no decir me tiré) en el
suelo con las manos en la cara, tapando mis lágrimas. No pude hacer
lo mismo con mis llantos, que seguramente se oirían desde más allá
de aquella sólida estructura.
Tenía ganas de gritar, de
desahogarme golpeando alguna pared. Pero no lo hice, el miedo y la
tristeza me lo impedían como si se trataran de dos matones
cogiéndome cada uno de un brazo.
Además de está
frustración, tenía la sensación de que llevaba en aquel maldito
ascensor horas, quizá días.
Por fin, después de
aquella amarga espera la puerta se abrió pero yo estaba totalmente
desorientado. No sabía donde estaba, ni donde ir, ni tampoco quién
o qué era exactamente yo.
Cuando recobré el poco
sentido que me caracteriza, salí del ascensor, no sin problemas a la
hora de hacerlo. Me temblaban las piernas como si estuviera caminando
hacia la misma muerte, aunque también lo hacía el resto de mi
cuerpo. Tenía frío, demasiado frío. Camine por el pasillo como si
se tratara de un pasadizo escondido en la parte más interior de un
bosque, sin más destino que el presente y que sólo lo controlas tú.
Por fin llegue al cuarto
donde te encontrabas. Me detení en la puerta y, sin hacer ruido,
miré hacia dentro para ver lo que me esperaba. Era un cuarto enorme
en el que sólo te encontrabas tú, tumbada y con los ojos cerrados.
Tenías esa sonrisa en la cara, tu sonrisa de siempre, esa que me
contagiaba día tras día, esa que hizo que me enamorara de ti.
Entre con paso ligero y me
puse a tu lado para verte mejor. No tenías buena cara pero seguías
igual de preciosa que siempre. Te cogí la mano con mucho cuidado
como a ti te gustaba que te la cogiera: entrecruzando los dedos.
Abriste muy lentamente los
ojos, ampliaste tu sonrisa y dijiste susurrando mi nombre pero yo lo
oí perfectamente.
- ¡shh! Calla, no digas nada, sólo descansa. - Dije con las lágrimas ya cayendo por mi cara.
- Escuchame, necesito hablar contigo... - Dijo ella con más fuerza en la voz
- Ya tendremos tiempo para hablar, tenemos todo el tiempo del mundo – Repliqué yo con una sonrisa nerviosa.
- No... Los dos sabemos... que ya no hay tiempo... ya no.
Me quedé sin contestar,
no quería que mi grave voz se antepusiera a la suya, siempre tan
aguda, tan melódica y tan mágica.
Después de unos segundos
de silencio en la habitación, continuó diciendo:
- Siento haberte hecho daño muchas veces, tantas que ya no las recuerdo. Siento ser como soy. Siento no haberte dado todo lo que te mereces. No estar ahí cuando más lo necesitabas... Siento que hayas tenido que aguantarme tanto tiempo.
- ¡Pero...!
- Espera, por favor. Siento no haber sido la mujer perfecta para el hombre perfecto. Ahora tienes que seguir tu camino pero debes hacerlo tú solo.
- …
- Prométeme que cuidarás de nuestra hija como me cuidaste a mí. Prometeme que no cambiarás nunca, que no llorarás por mí y que me perdonarás por todo lo que he hecho mal.
- ¡Pero...!
- Por favor, sólo di sí o no...
- …
- … Prométemelo.
- … Te lo prometo.
- (Sonreíste como nunca antes lo habías hecho delante de mí.) Bien, ahora sí puedo irme en paz.
- ¡Quédate! ¡Quédate, por favor! ¡Yo sin ti no soy nada, no tengo qué hacer ni donde ir! Si tú te vas yo me voy contigo!
- Jeje, tranquilo, como tu has dicho, tenemos todo el tiempo del mundo. Y tú te tienes que quedar, recuerda que me has hecho una promesa.
- Pero si te vas no habrá tiempo, ¡no existirá!
Entonces miró hacia el
techo con los ojos bañados en lágrimas, tantas que no se le veía
el color azul de estos. Me cogió muy fuerte la mano, como si nunca
me la quisiera soltar, y me dijo con una valentía y con un esfuerzo
sobrehumano apretando los labios:
- Le pediré a Dios que os guarde a ti y a la pequeña un sitio al lado del mio allí, en lo más alto del cielo... ¡Esa será mi promesa!
Rompí a llorar, tan
fuerte que las personas del pasillo se asomaron a la habitación. Era
tanto el revuelo externo e interno que no me di cuenta de que tu boca
y tus ojos se cerraron, de que te notaba más fría y de que tu mano
ya no apretaba a la mía.
Te fuiste sin que te
pudiera decir todo lo que te quería, todo lo que eras para mí, todo
lo que me hiciste sentir... y así podría seguir hasta reencontrarme
contigo.
- Me quedaré aquí como querías – dije gritando con dolor, tristeza y llanto – pero espero que tú también cumplas tu promesa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario