miércoles, 23 de mayo de 2012

Una Guerra De Dos

Hace mucho que no sé que es eso de la felicidad; quizás nunca la experimenté, pero ya ni si quiera se oye hablar de ella. Es como si hubiera muerto por un desafortunado disparo, como si hubiera escapado del planeta en una de sus naves espaciales.
Las cosas han cambiado desde que desperté. El sol no se atreve a asomarse a su balcón nuboso para ver lo que hace su gran creación, parece que tiene miedo, miedo de nosotros, sus hijos.
No hay colores, todo es un gris tenue y tremendamente triste. Nos queda humo y ceniza de lo que fue nuestro hogar y la culpa de esta transformación devastadora es única y totalmente nuestra.
Hace calor y apenas puedo mantener saliva en mi boca. No tengo fuerzas para pensar, para averiguar cómo diablos hemos llegado a este trágico punto. Me duele todo el cuerpo y tengo mucha fiebre, pero ni si quiera lo noto porque ya no sé cuál es la diferencia entre estar sano y enfermo.
Se oye gente llorando y gritando con un desconsuelo y desgarro inhumano, pero ni si quiera tengo valor ni fuerzas para volver mi vista hacia ellos. Voy buscando algo que ni si quiera sé lo que es.
Entre tanto, no recuerdo cómo me llamo, ni dónde estoy. Mis defectos y virtudes se borraron de un plumazo. ¿Cuál es mi camino ahora? - resonaba constantemente en mi cabeza.

Fue entonces cuando escuche disparos y pude mirar hacia delante con algo más de claridad.
No recordaba nada, ni siquiera si era humano o bestia, pero me vino todo a mi memoria cuando te vi frente a mi, delante de un montón de fuego y gas negro, como si fuera la figura de mi salvadora que viene a rescatarme de este infierno viviente donde nos hallamos indistintamente todos. Te recordaba más que a ninguna otra cosa en este mundo, si es que me quedaba algo más por lo que pensar.

Mírame cuando te hable, mírame para que pueda ver la sangre en tus ojos, el desprecio en tu rostro... Mírame para comprobar que no eres tú. No veía la luz de tu sonrisas, ni la verdad en tus labios; sólo había cabida para el dolor y la muerte. Y ahora estábamos el uno delante del otro de nuevo, como siempre había sido pero como nunca me lo hubiera imaginado.
Intentaba hablarte pero tú parecías una estatua; un maniquí con cara de rabia y sufrimiento. Trataba de entender quién o qué te cambio la rosa que te regalé por un arma de fuego, quién te quitó tu bonita celpa roja y te encajó ese casco verde. Tenía que averiguarlo pero no quería descubrirlo.
Al final fue todo una mentira; una broma de la que no había ni causa ni consecuencias. Supongo que hemos cambiado, y eso no me gusta.
La idea de que no entender porqué te fuiste, porqué no existes en realidad... es algo que me aterra.

No hay comentarios:

Publicar un comentario