lunes, 18 de junio de 2012

Futuro Incierto


Como muchas noches, he soñado con algo que ha hecho que mis ojos empapen la almohada; ha conseguido que despertar sea querer morir, no vivir. Pero esta vez había algo diferente... algo de verdad.
Así sucedió, así lo soñé y, por supuesto, así lo relato:

Me desperté cansado, mi cuerpo pesaba más de lo habitual. Estaba tumbado en una cama de matrimonio un tanto descuidada, porque incluso la parte en la que no estaba durmiendo se encontraba revuelta, sin hacer; se podría decir que estaba peor que la mía. Me incorporé como pude y me sorprendí al ver mis pies; no eran los míos. Me levanté de un salto y la espalda rugió como si en una selva llena de bestias me hallara. Me quedé unos segundos inmóvil, no podía moverme. Tenía la sensación de que me iba a partir por la mitad.
Cuando el dolor menguó un poco, corrí hasta el baño todo lo rápido que mi desgastado cuerpo me permitió. 
No sabía lo que ocurría hasta que el espejo me dio la respuesta: Ese no era yo.
En él se reflejaba a un hombre mayor, muy mayor, de unos cincuenta años. Tenía algunas arrugas apenas apreciables en los ojos y en la frente. Casi no tenía pelo en la parte superior de la cabeza, y el que le quedaba en las otras zonas tenía un color grisáceo un poco triste. Era extraño, porque esos ojos y ese circulito pequeño en la parte derecha de la frente sí que eran míos, estaba seguro de ello; era lo único que pude reconocer de mi desconocido rostro.

En la repisa, al lado del lavabo, había un montón de botecitos de pastillas que no si quiera me molesté en leer, ya sabía lo que estaba pasando. De alguna manera tenía treinta años más de los que debería, como si hubiera viajado al futuro.
Estaba mirando mis finas, arrugadas y extrañas manos cuando, sin avisar, entró por la puerta del baño... ¡Ella!.
- No puede ser.- pensé - Esto debe ser un sueño.
Me pellizque en la cara y me dolió, cosa que no suele suceder si no fuera real.
Estaba cambiada. Tenía también algunas arrugas en la cara y su pelo era corto y negro, no largo y castaño como cuando nos conocimos. Pero sólo hay un rostro en esta vida del que me haya enamorado perdidamente, y era ese, no había duda.
No podía dejar de mirarla, preguntándome qué había pasado y qué hacía en esa casa conmigo. No tenía sentido, no la veía desde que era un adolescente, perdí el contacto con ella y de repente allí estaba, buscando no se qué en el armario. No podía hablarle y mucho menos preguntarle qué estaba pasando.
De repente me miró, sonrió y me dijo:
- ¿Tú tampoco has dormido bien? Tienes mala cara, necesitas tu típica dosis de pastillas, abuelo.
- Yo... - susurré.
-¡Ya, ya! no hace falta que me lo repitas siempre. Sé que no te gusta que te diga abuelo, y menos yo con mis muchos años también. - expresó con una sonrisa sincera pero infantil.- Bueno... entonces, ¿Dónde decías que me ibas a llevar hoy? ...Deja que haga memoria... ¡Ah, sí! Hoy toca comida romántica, ¿verdad?

No, definitivamente ese no era yo, y mucho menos esa era mi vida.
Conseguí olvidarla, pasar página, ser feliz... ¿Por qué? ¿Por qué ahora? ¿Qué es todo esto? Decidí seguir el juego, no tenía nada que perder, sólo podía ganar.
- Por supuesto, mejor comer fuera que envenenarnos el uno al otro cocinando en casa. - dije en tono bromista.
- Que gracioso... Eso lo dices porque tú cocinas peor que yo. - Replicó sacando la lengua.
Salió de allí y se fue a otra parte de la casa, así que aproveché para ponerme un traje negro que estaba puesto sobre una silla. Me quedaba fenomenal, como si fuese mi conjunto perfecto. 
Cuando estaba colocándome la chaqueta, me llamó la atención un cuadro muy decorado que había al lado de la puerta y en el que salíamos los dos, cuando éramos jóvenes, abrazándonos y riendo. Tenía unas palabras escritas en la esquina inferior derecha. Cuando intenté leerlo, ella entró por la puerta sin que me diera cuenta, me abrazó por detrás y me susurró al oído:
-Nunca estamos seguros de lo que es el amor, pero siempre lo esperamos con los brazos abiertos- repitió literalmente la frase del cuadro.
-¿Lo nuestro es es amor? - Pregunté en un tono de falsa ignorancia.
-Mis brazos no están abiertos, te están rodeando. - Sentenció con una voz angelical que hizo que mis ojos se empañaran un poco de la emoción.
Dejó de abrazarme y me di la vuelta para mirarla. ¡Estaba preciosa! Se había puesto un vestido verde que me hacía recordar aquella juventud con la que yo aún no me había podido deleitar. Llevaba un collar, muy llamativo y bonito a la vez, que tenía su fin en una piedra turquesa que reposaba unos centímetros más abajo de su cuello. Su sonrisa y sus ojos eran el complemento ideal para tenerme enganchado, observando constantemente su cara, como si se tratara de un vicio del que no podría vivir si me privaran de él.
Sin duda, me podría enamorar una y otra vez de ella de mil formas y maneras distintas durante el resto de mis días.

Lo posterior a esa escena del sueño no viene de forma muy clara a mi mente. Sólo recuerdo que estábamos en una pequeña mesa redonda muy bien preparada y que ella no paraba de reír, tapándose la boca para no soltar ninguna carcajada más fuerte de lo normal, evitando que la tomaran por una loca, y a la vez intentando que sus lágrimas no cayeran por su rostro. Cuando paró de reír, sacó a relucir su sonrisa, se quitó su destacado collar, puso su cara a 10 centímetros de la mía y, cogiendo mi mano, me dijo: "Tienes que marcharte ya. Toma esto, sabrás lo que tienes que hacer, pero te daré una pista: dieciocho de Julio. Ha llegado la hora de despedirnos, pero recuerda que esto no es un adiós, sino un hasta luego"
En ese momento abrí los ojos, que estaban empapados de lágrimas y noté que mi corazón iba a "cien por hora". Me levanté corriendo en dirección al espejo y me percaté de que había vuelto a la normalidad, volvía a ser joven. Todo era igual y estaba tal y como lo dejé... pero yo no me sentía contento. Quería volver; volver para quedarme. Noté que en mi mano izquierda había algo que la rodeaba: ¡Era su collar! No sabía cómo diablos había llegado allí, pero era real. Aunque sólo fuera un simple objeto, del que yo nunca me podría enamorar, era de la persona a la que yo quería, así que lo traté como si de mi corazón ,cristalizado y herido, se tratara.
Acabé asumiendo mi nueva condición y esperando a que todo aquello llegase. En mi cabeza sólo se repetía una frase, no sé si de lamento o de esperanza, pero sí que era totalmente cierta: 
"Quizás ese sea mi futuro, pero en este momento es sólo una parte de mi pasado."

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