miércoles, 13 de junio de 2012

Es cuestión de edades.

Hacía frío a pesar de estar en el mes de Abril. El cielo estaba nublado y se podía apreciar la caída de las primeras pequeñas gotas que chocaban contra los paraguas de las personas allí reunidas. Empezaba a oler a tierra mojada, un olor que a mí me encantaba, y me dibujé una sonrisa en la cara.
Mi tía me regañó y me dio un golpe, no muy fuerte, para que me mantuviera serio. Y lo cierto es que sólo había que mirar alrededor para poder ver que no era un ambiente animado, todo lo contrario.
Vino mucha gente, quizás más de 100 personas y todos de negro. Los hombres iban muy bien trajeados y las mujeres, a pesar del frío, la mayoría llevaban vestidos con colores pálidos.
En medio de aquel lugar extraño, rodeado de muros con los nombres de personas y algunos con fotos incluso, había dos cajas enormes de madera con una cruz en la parte superior. Era curioso como llamaban la atención, pero nadie las miraba; todos mantenían sus ojos, o bien mirando al frente, o hacia el suelo.
Pero para mí eso no era importante, había visto demasiadas cajas de madera, incluso más grandes y fascinantes que esas.
Mis tíos y yo estábamos esperando a mis padres y nos encontrábamos en la entrada de aquel lugar tan tétrico. Habían salido hace tres días no sé donde y no habían vuelto, parece que venían justo para esa reunión que allí tenía lugar.
Tenía pensado echarles una bronca, y bien gorda. En mis 9 años de vida, nunca me habían dejado solo tanto tiempo, y encima sin avisar. Menos mal que vino mi tía después de unas horas a mi casa, llorando porque me había quedado sólo toda la tarde. ¡Normal! casi me muero de hambre, todo por un descuido de mis padres... No tienen solución. Y todo eso, obviando que me habían mentido; antes de salir se despidieron con un beso en la mejillla (cada uno en una, como siempre hacían) y dijeron que volverían en unas horas, debían hacer un "mandado". Esa palabra nunca me sonó nada bien, era como si lo que era encubierto por la palabra "mandado" no se pudiera saber o fuera un "supersecreto" de estado. Lo solían utilizar mucho unas semanas antes de mi cumpleaños, pero no sé porqué. Ya en casa de mis tíos, me dijeron que mis padres se habían ido a otro ciudad porque un amigo se había puesto malito y tenían ganas de verlo y comprobar cómo estaba.
- Pues anda que se van a preocupar más de su hijo que de un amigo - dije yo
Ellos no dijeron nada. Salieron de la habitación y supuse que ahí acabó la conversación.

Estando en la puerta (una verja enorme y negra) mi tía empezó a llorar desconsoladamente y muy fuerte. Mi tío, que estaba al lado de ella, le dijo:
- Hay que mantener la compostura, no te vengas abajo ahora.
- No puedo seguir con esta mentira, tengo que decirselo. - dijo ella sin poder quitarse las manos de la cara.
- Tita, ¿Qué te duele? ¿Otra vez la rodilla? - comenté yo siendo el ser más inocente de la Tierra.
- No, me duele el alma- contestó ella.
Volví la cabeza al suelo y no volví a abrir la boca porque no sabía ni qué era eso y ni mucho menos cómo se curaba.
Unos minutos después, la gente comenzó a salir de allí, parece que la "fiesta" había acabado".
Todo el mundo se despedía de mis tíos y de mí, nos daban besos, abrazos y repetían una y otra vez una frase muy extraña: "os doy mi pésame". Pero a mí no me dieron nada.
Cuando se fueron todos, nos quedamos los tres un rato más allí, pero mis padres no venían, así que por lo visto mis tíos se hartaron de esperar y nos fuimos a casa.

Todos los días de ese mismo año volví a aquella verja enorme y negra a la misma hora de aquel día, pero ellos no regresaron, así que decidí que lo más lógico era esperar en casa de mis tíos a que volveran a buscarme e irnos los 3 juntos, como siempre habíamos estado, a casa.
5 años después de eso, aún siguen estando con su amigo enfermo y seguramente se habían olvidado de mí.

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