Desde hace unos años padezco una especie de enfermedad, que todo el mundo tiene oculta en lo más profundo de su ser pero que a mí me afloró en mi actitud como si un imán la atrajera hacia el exterior.
No se puede ver ni tampoco tocar, pero sí se puede sentir a través de las palabras; las mías propias.
Ningún especialista está suficientemente cualificado para saber a ciencia cierta lo que ocurre, se quedan estupefactos, andando por las ramas e incluso alegando que era todo una patraña o una mentira de un joven aburrido y con dudoso equilibrio mental.
Mi "enfermedad" no me produce dolor ni picor; tampoco impide mi movilidad o afecta a alguna función importante de mi cuerpo. Todo está como debe estar y en sus niveles normales.
Lo que me hace padecer es desaliento, ni si quiera merece llamarse tristeza, porque tengo infinitas ganas de reír y de divertirme. Es como si en mi alma echara algo de menos, algo que yo no puedo recordar o que no sé lo que es. Hace que me cueste mucho levantarme por las mañanas, que los números se repitan en mi reloj cómo si no quisieran moverse, para dejarme atrapado entre ellos para siempre. Me obliga a mirar al cielo y suplicar algo que, repito, no sé que es, pero sé que lo necesito. Me pregunta cada día "¿Qué haces aquí?", "No lo mereces" o "Sabes que no te vas a arriesgar". Es la culpable de que no llegue a los corazones de la gente, a que sea una estrella fugaz en su vida o a decepcionar constantemente a los que dejan que recoja un poco de su confianza.
El miedo le ayuda a hacerme sentirme así, inútil. Es su complemento perfecto, como si fueran amigos fieles de toda la vida. Me obliga a pensarme las cosas dos, tres, veinte, cien veces para que luego tire la toalla sin ni siquiera empezar a prever la derrota. Realiza cualquier tipo de cambio o truco en mis ganas para desistir en todo y no ser parte de nada.
Algunas noches me desvela, reclamándome atención o perdón, y yo la escucho. Otras ni si quiera me deja conciliar sueño, y yo la respeto. Hace que muchas veces tenga ganas de llorar; de llorar sin pausa ni control pero no me apetece darle ese placer. Ella sabe que me posee, pero no me domina.
He aprendido a vivir con ella. Aunque sea una vida triste, es la mía y no puedo odiar la única que he conocido. No hay fármaco que la cure y tampoco profesional o persona que la haga desaparecer... O quizás sí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario